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Asia, los Ríos de la Vida (I)

Hay algo mágico en los ríos. Ellos fluyen, como la vida, como el tiempo, sin importar nada ni nadie. Hay un dicho Budista que es muy común encontrárselo en cualquier monasterio o templo: “Time and tide wait for no man”, algo así como que el tiempo y la marea no esperan a nadie. Y cierto es. Así lo puedo comprobar cada vez que me detengo ante un rio de Asia, como ante cualquier otro, pero no me digáis por qué, los ríos de esta parte del mundo ejercen un efecto diferente, casi místico sobre mí. Por pequeños o grandes que sean, vengan del Himalaya o nazcan en cadenas montañosas más modestas, hay mucho de magia en estos ríos, mucho de misterio, mucho de vida...


Será el color chocolate que tienen, algunos por contaminados, otros por arrastrar durante muchos kilómetros los sedimentos de esta tierra marrón y tropical, humedecida e inundada por las lluvias. Selva y jungla virgen que es atravesada por estas aguas que a su paso nada esperan ni nada les importa. Ellos se deslizan, navegan, a veces calmados, otras furiosos, durante cientos, miles de kilómetros, sin importarles nada de aquello que van dejando a su paso; villas, personas, formas de vida y cultura que de ellos dependen, que ven como durante generaciones han luchado por domar a ese o aquel rio que a la vez les trae vida y riega sus campos, como otras trae muerte en forma de furia y enfado desbordándose y llevándose por delante todo aquello que se interpone en su camino. Será este uno de los motivos de que los ríos me parezcan algo mágico en Asia, algo sagrado, como los consideran muchas culturas y religiones como la hindú por ejemplo. Aguas en las que bañarse, purificarse, dejar atrás todo lo malo, todo lo no deseado y dar paso al nuevo día, al nuevo Sol, a la nueva vida, renovarse para volver a ser, un comenzar de nuevo continuo, un eterno retorno simple y humilde representado en un teatro del que a veces he sido un privilegiado espectador, por suerte, mucha suerte. 


Ríos que a veces hacen de frontera entre naciones a su paso, siendo ellos tan ignorantes de aquello que dividen como de aquello que unen, de que su existencia puede ser a la vez vehículo de acercamiento como de aislamiento y falta de entendimiento.


Ríos que vienen y van, ríos que te atrapan el alma, corrientes que fluyen hacia no se sabe dónde, hacia lugares remotos donde vive gente que jamás verás, poblados que ni siquiera alguna vez sabrás que existen. Ríos que nacen y mueren eternamente, día tras día, mes tras mes, año tras año y siglo tras siglo, en una rueda que gira y gira sin parar, sin detenerse, sin esperar a ver si te subes, te bajas o permaneces, si te lanzas o te quedas observando, si vas o te quedas, si vives o mueres...


En estos años he conocido, he tenido la suerte, el privilegio, el honor, la dicha de ver, sentir, navegar, cruzar, observar, rezar y orar en y por ríos que dejaron una huella imborrable en mi alma. Ríos del mundo, ríos de vida, ríos de Asia....


Bagmati, Kali Gandaki, Marshyangdi, Ganges, Yamuna, Chao Praya, Ping, Pai, Irrawaddy, Salween, Yuam, Moei, Mae Sai, Mekong son algunos de estos ríos asiáticos que me han hecho ver que hay algo en ellos que va más allá del agua y de la corriente. 

Porque los ríos de Asia tienen vida y también tienen alma…


Un repaso de algunos de ellos, otros los dejo para posteriores entregas.


Ganges


Todo lo que pueda decirse del Ganges se queda corto en palabras. Se ha de vivir el Ganges, Ganga en su idioma originario (hindi). Y ningún otro lugar para hacerlo como el más sagrado, el más venerado, el más anhelado por los hindúes para purificarse, para hacerse uno con la Diosa sagrada, para asistir a una misa en su orilla y para finalmente reposar por los siglos en sus contaminadas aguas. Sin duda ese lugar es Varanasi (Benarés), en donde uno casi puede vivir toda la India, y tratar de entender como el misticismo y lo sagrado están tan presentes en esta tierra a cada paso, en cada esquina, en cada milímetro cuadrado de espacio del que puedas disponer. Esa experiencia cuasi-religiosa de ver las cremaciones, los olores, los edificios derruidos, la miseria, las hordas de gente, la suciedad es algo que queda marcado a fuego en tu memoria para siempre. Como el agua del Ganges.





Bagmati


El Bagmati es el río que fluye por Katmandú, capital de Nepal. Una versión en miniatura a todos los niveles de lo que es su hermano mayor el Ganga. No obstante merece la pena visitar el templo Pashupatinath a las afueras de la ciudad y sentarse discretamente al otro lado de la orilla a observar las cremaciones, los lamentos de las familias, los rituales de embalsamar el cuerpo en ropas y flores, otra vez los olores y todos los sadhus sentados por los alrededores mirando atentamente todo el proceso, si acaso pensando en cuando les tocará a ellos ser los actores principales de la película…



Yamuna


El rio más triste y a la vez uno de los más bellos. Bello por tener el honor de reflejar en sus aguas una de las mayores maravillas del mundo. Triste por ser testigo de la historia más amarga que el mundo recuerde. La historia del Taj Majal, de esa hermosura construida, levantada por el ser humano a sus orillas es la historia del emperador Sha Jahan, quien lo construyó en honor a su esposa Mumtaz Mahal. Hacia el final de su vida, el emperador cayó preso de sus hijos, los cuales luchaban por el poder de su legado. Estos encerraron al enfermo y anciano emperador en el fuerte de Agra, desde donde contemplaba melancólico por la ventana de barrotes su gran obra, el Taj Majal  reflejado en las aguas del Yamuna. Cuando murió se le permitió reunirse con su mujer en el mausoleo común, el cual se hizo famoso por ser el único lugar de la gran obra en donde se rompe la simetría al introducir una nueva tumba a su lado para el descanso eterno de ambos.






Irrawaddy


El Irrawaddy es el gran rio de Myanmar (Birmania), la cual cruza de punta a punta desde el Norte al Sur. Pasa por ciudades de cuento como Mandalay o Myitkina antes de ir a morir al Mar del Andamán sobre 9 diferentes deltas. La visión del río desde la colina de Sagaing es una de las imágenes que se me quedó grabada en nuestro viaje al Sudeste Asiático en 2011. Es navegable en su mayor parte y el viaje en barco desde Mandalay a Bagan es también otro de los hitos de aquel viaje. Un río que hace de unión y comunicación entre pueblos, un río que trae y lleva gente, que transporta mercancías, que fluye y es testigo mudo de los lugares por los que transita. Un río con tanta historia como la propia humanidad.










Kali Gandaki


En las montañas del Annapurna, en Nepal, el rio Kali Gandaki es famoso por dar nombre al cañón y valle más profundo de la Tierra. Naciendo en el mítico reino de Mustang, casi en la frontera con el Tíbet, el Kali (la diosa en idioma sánscrito) se desparrama por el valle entre colosos de 8.000m. Desde el punto más bajo del valle, en Tatopani, a 1.100m hasta las cumbres más altas del Dhaulagiri (8.167m), los más de 7.000m de desnivel hacen de este cañon el más profundo del mundo. Justo en frente de éste, a menos de 30km de distancia en línea recta, el Annapurna I (8.091m) cierra el valle provocando un encajonamiento a una escala inimaginable para el ser humano. Grandeza, libertad, belleza, vasta Naturaleza salvaje e indomable que nos recuerda una vez más lo pequeño de nuestra existencia y lo impotentes que podemos llegar a sentirnos delante de toda esta majestuosidad.







Salween

El Salween (Salawin en Thai o Thalaween en Birmano) es un gran rio del Sudeste Asiático, quizá no tan conocido como otros, por ejemplo su hermano Mekong con el que discurre paralelo durante muchos kilometros, pero igual de fascinante o incluso diría que hasta más. Precisamente su  desconocimiento por parte del turismo occidental, el aislamiento o lo dificil que es llegar hasta los puntos donde puede contemplarse, es lo que le da ese aira misterioso y místico. 

Esto es lo que pude comprobar en el único lugar en el que hasta la fecha he podido disfrutarlo. En Mae Sam Leap, una pequeña villa tailandesa en la frontera con Birmania y en la que precisamente el Salween hace de frontera natural entre los dos países. Un lugar de otro mundo y donde el tiempo parece haberse detenido. Un lugar en el que quedarse hipnotizado durante horas observando la corriente bajar sin prisa pero sin pausa, a un fuerte ritmo, transportando agua e historias consigo, leyendas, pueblos y culturas en su caminar  de más de dos mil kilómetros desde el Himalaya hasta el Mar del Andamán en el Océano Índico. El Salween, un río de otro mundo al otro lado del mundo






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