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Días Previos: Om Mani Padme Hum por las calles de Katmandú (Octubre 2010)

Stupa de Swayambhunath (©Iñaki Barettini)
Katmandú, capital del Nepal. Oído así a lo lejos, suena muy exótico. La primera vez en mi vida que oí hablar de Katmandú de forma consciente seria hace unos 15 años, cuando un compañero de Universidad, Javi Ferrero, utilizaba este nombre tan sugerente y lejano como nick o alias en los primeros chats a los que teníamos acceso desde unas vetustas consolas en la sala de ordenadores del laboratorio. Por aquel entonces Katmandú me sonaba a nombre de ciudad antigua, a civilizaciones perdidas, a lejanos reinos de samuráis y guerreros, a criaturas extrañas como las que salían en la Guerra de las Galaxias. Imaginaba que algún Yoda, o algún Skywalker caminarían a sus anchas con sus espadas láser en mano por aquellas calles medio derruidas, decadentes y polvorientas, producto todo ello quizá de alguna guerra interplanetaria cientos o miles de años atrás…

Ya sé que parece muy peliculero, pero es que mi mente es peliculera. ¡Qué le voy a hacer! Así que la primera vez que visite la ciudad, en el 2008 y todavía con esa imagen en mente, pensé para mí mismo que a pesar de no ver ningún Jedi pululando por las calles, algo había de real en la película que me había formado en mi cabeza tantos años atrás. A un recién llegado a Katmandú lo primero que le sorprende es el desorden, el caos, el ruido, el polvo. Ves gente por todas partes, corriendo de aquí para allí, yendo no se sabe muy bien hacia donde, por polvorientas carreteras sin aceras, llenas de piedras y por las que cada día, desde muy pronto hasta muy tarde, miles de coches, motos, camiones, autobuses y personas, van y vienen, vienen y van en una danza que nunca parece tener fin…

Menos mal que está prohibido (©Elena Castillo)
Calle de Thamel (©Elena Castillo)
Gente (©Pere Jornet)
Hay muchas formas de ver Katmandú, como siempre en un viaje, como todo en la vida… Lo más fácil es apalancarse en el barrio de Thamel, una especie de gueto en el centro de la ciudad donde poder encontrar absolutamente de todo para el turista. Tiendas de ropa de montaña con imitaciones de primeras marcas a precios irrisorios, restaurantes donde poder comer pizza y pasta, baretos en los que cada noche hay actuaciones de ruidosos rockeros nepalíes tocando cosas como Coldplay o U2, hoteles para todos los gustos y presupuestos. También hay cientos de librerías, cafés y bakeries, muy al estilo occidental donde ojear algún libro y tomar un cappuccino con un pastelito…

Caminando por Thamel puedes vivir una de las esencias de este país, ya que aunque los nepalíes son gente agradable, amable y sonriente, con el tema del turismo masivo también se han vuelto un poco pesados. Cada dos por tres te aparecerá alguien ofreciéndote un milagroso “Tiger Balsam” para curar lo que haga falta, otro que querrá que le compres una flautilla con la que emite unos distorsionados sonidos peores que los del bardo del cómic de Asterix. Esto por no hablar de todos aquellos que se te acercan discretamente cuando caminas y te susurran a la oreja ofreciéndote “smoke, smoke, hash, hash…”. Desde cada tienda te llamarán para venderte bufandas de pashmina, gorros para el frio, figuritas de Buda, incienso, chaquetas Northface (North Fake las llamo yo), mochilas, botas, bastones, excursiones, guías de montaña, expediciones al Annapurna o al Everest, música, libros y no acabaría nunca… También vendrán taxistas ofreciéndote tus servicios para llevarte a donde sea “very very cheap” (¿qué tal si me llevas a Spain majo?) y conductores de rickshaws que justo antes de atropellarte con su artilugio, te pitarán con un toque de bocina que no es otra cosa que una botella de plástico vacía a la que agarran y aprietan lo justo para imitar el sonido de un claxon. Pero a pesar de todo, este barullo, este caos de personas y cosas siempre se da en las más puras condiciones de sonrisa, de alegría y de buen rollo. A pesar de que en cada esquina vas a tener que decir no unas cuantas veces, ellos casi nunca te harán un mal gesto, simplemente una sonrisa, un hasta otra, un quizá mañana. Todo fluye, no hay porque enfadarse, "Shanti, Shanti” (así se dice “paz” en sánscrito) o “Pistari, Pistari” (la versión nepalí del take it easy brother, tranqui, tranqui, tómalo con calma...) son algunas de sus máximas. Mezclemos todo este guirigay con el Om Mani Padme Hum, el inconfundible mantra cantado por monjes budistas y que ponen a todas horas del día las tiendas que venden música, oyéndose por cada rincón; sumémosle el olor de las barritas de incienso que todo lo impregna y ya tenemos el cóctel que da a Thamel ese aire único, ese inconfundible sabor asiático, pero diferente. Un escenario a la vez caótico, decadente y futurista. Un escenario que sería ideal para cualquier rodaje de la saga milenaria…

Tomando un tecito (©Elena Castillo)
¡Guapa nepalí! (©Iñaki Barettini)
Máscara para protegerse de la polución (©Iñaki Barettini)
¡Que niña más rica! (©Pere Jornet)
Oremos compañeros, oremos (©Pere Jornet)
Pero no solo existe el Katmandú de Thamel y los turistas. Como en todas estas ciudades, hay otra realidad más allá de las fronteras de los rincones más explotados. Y caminando muy poquito se puede perfectamente comprobar como Thamel es tan solo un mini núcleo reducido de una ciudad donde el caos circulatorio, el polvo, las masas de gente, los sonidos, los olores, los animales, la basura, los templos derruidos son contemplados desde la lejanía por las más imponentes y majestuosas criaturas de la Naturaleza a este lado del mundo. Los Himalayas. Desde la distancia, y a tan solo unos 100 kilómetros, parece imposible que tamaña congestión humana pueda dar paso a un mundo rural donde todo parece seguir igual que hace 300 o 500 años. Donde tener agua potable, un retrete o conseguir la comida del día, son los mayores retos con los que se enfrenta la gente cada mañana al levantarse. Aunque, consecuencias de la maldita globalización, en estos mismos lugares donde escasean las cosas más elementales, también se pueden encontrar contradicciones como antenas parabólicas colgadas de ruinosas chabolas o niños de pelo sucio y vestidos con harapos pero hablando a gritos por su móvil de última generación.

Mercado de flores y ofrendas (©Iñaki Barettini)
¡Vamos al lío... !(©Iñaki Barettini)
¡Paso por favor, pasoo! (©Iñaki Barettini)
Poc a poc. Primero uno; luego otro (©Iñaki Barettini)
Katmandú y Nepal, Nepal y Katmandú, dos mundos de leyenda hechos por fin realidad después de más de 15 años.

Templo hindú en Swayambhunath (©Iñaki Barettini)
Es la hora de los tambores en el templo (©Iñaki Barettini)
Plaza Durbar de Katmandú (©Iñaki Barettini)
Pashupatinath, la versión nepalí del Ganges indio (©Iñaki Barettini)
Preciosa stupa de Boudhanath (©Iñaki Barettini)
Observando a los leones (©Iñaki Barettini)
Plaza Durbar de Patán (©Iñaki Barettini)
Sr. Buda, nos acompañará el próximo año (©Iñaki Barettini)

              ¡Qué recuerdos me vienen cada vez que oigo este Mantra!

Texto: ©Iñaki Barettini
Fotos: ©Iñaki Barettini (inakibarettini@hotmail.com) y ©Elena Castillo (elenafcp@hotmail.com)

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