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Día 0: de Katmandú a Besisahar. “¿Cabe alguien más?” (15.10.2010)

"EL"bus (©Elena Castillo)
Siempre amanece pronto en Katmandú. No quiere esto decir que en ese momento ya haya salido el Sol, no, eso ya vendrá más tarde. La oscuridad no es impedimento para que las calles de la ciudad se pueblen de gente por todas partes, yendo de acá para allá, corriendo apresuradamente, gritándose unos a otros, moviendo mercancías, cajas, bultos o sacos. Los nepalíes, al igual que sus vecinos indios, hablan a grito pelado. En una palabra, antes de las 6 de la mañana, la ciudad ya está enloquecida por completo y una maraña de coches, camiones, motos, bicicletas, rickshaws, autobuses y gente recorre las calles entre tinieblas y a golpe de claxon, con la escasa luz que a esas horas proporcionan velas, candiles y fogatas que se comienzan a hacer para calentarse, en plena calle. También para reunirse, saludarse (Namasteee), preparar un té (un chai) y comenzar un nuevo día.

Todo este panorama lo vivimos esta mañana, saliendo del hotel prontito, tomando un taxi hacia la estación de autobuses, donde nos esperaba el bus que nos había de llevar a Besisahar, punto de inicio de nuestra ruta al Annapurna.
¡Ojo! Es un Video Coach!! (©Elena Castillo)
Era la primera vez que nos atrevíamos a experimentar con un autobús local. Poco sabíamos que era el inicio de muchas otras odiseas en transportes locales por Asia. Muchas historias habíamos oído de los buses en Asia, siempre más o menos en la misma dirección; gente apretujada por todas partes, buses a reventar, carreteras horrorosas, maletas, bultos, sacos, cajas, animales, todo junto y sí, en este caso, todo revuelto. Pero cualquier cosa que te cuenten para nada puede acercarse a la realidad de experimentar eso en primera persona. Después, con el tiempo, quizá te acostumbres. O no... A los occidentales nos cuesta viajar de esta forma, que nos roben lo que consideramos nuestro espacio, lo que consideramos intocable, inviolable. Huimos del contacto. Allí, esto no es posible. Ese codo, esa pierna o ese brazo que te toca, que te soba, que más que tocarte, penetra afiladamente tu pecho, tu espalda, o tu cadera, es lo normal. Nadie se queja de ser empujado, codeado o coceado, de que durante horas y horas de viaje te metan delante bolsas, cajas, sacos, gallinas, niños, la abuela, la suegra, todo lo imaginable y también lo inimaginable. Allí la gente vive esto como el pan nuestro, como algo normal, nadie se ofende por ni siquiera pensar que su espacio vital puede ser ultrajado, ya que ese concepto de espacio vital, unipersonal, respetable e intocable por encima de todas las cosas, sencillamente no existe.

A todo eso hemos de añadirle el hecho de que las carreteras en Nepal son absolutamente nefastas. No hay ni una sola autopista. Bueno, es que casi me rio de escribir esta palabra. Lo único que existe es lo que ellos llaman, conscientemente y hasta de una forma casi sarcástica “Motorway”. Una carretera de tercera regional llena de curvas, baches, polvo, subidas, bajadas, cortes y caravanas, que recorre los 200 kilómetros que separan Katmandú de Pokhara, las dos ciudades más importantes del país.
Atasco en la Motorway. Nuestro bus rosita al fondo (©Elena Castillo)
Así que nosotros nos subimos en ese autobús, dirección a Pokhara, pero que se desviaría un poco antes para dirigirse y dejarnos en Besisahar, comienzo del circuito del Annapurna. Casi 11 horas para hacer menos de 200 kilómetros, algo inexplicable, incomprensible para nuestros “estándares”, difícil, por no decir imposible de creer a cualquiera que se lo cuentes. Pero es así. ¿Y cómo es posible?  Pues lo es. No hay más que tener en cuenta algunos factores, y al final, nos salen las cuentas. ¿Y cuáles son esos “factores”? Pues muchos. Para empezar, el bus para en cada lugar que el personal lo pide, es casi como un servicio de taxi, de puerta a puerta. ¿Que la casa de Pepita está aquí? Pues venga, a parar. ¿Que la de Fulanita vive 200 metros más adelante? Pues venga otra parada que no vaya a ser que la moza se canse. Ay, que ahora tengo pipi, venga, todos abajo. Oye, que algo habrá que comer, ¿no?, pues nada, a bajarse otra vez. ¿Y este mercado? Oye oye, que parece que venden unas mandarinas muy majas. Pues nada, nada, todos abajo de nuevo que hay que llevar mandarinas a la familia. ¡Uy que ruido más raro!,ay ay ay, que va a ser que hemos pinchao.... ¡Hay que joderse!, pues nada, venga, abajo y a disfrutar de la película, que echan una en la que hay unos tíos muy ocupados tirados por el suelo llenos de grasa. Sí, sí son esos, los ayudantes, el conductor, el que cobra los billetes, los curiosos del bus, uno que pasaba por allí, otro que también pasaba, y nada, entre todos, a ver si arreglamos la cosa. Y así van cayendo los segundos, los minutos, las horas, y a nadie parece importarle, es lo normal. Además, fíjate, si hoy tenemos hasta suerte que vienen unos guiris en el bus con nosotros, ¿qué se les habrá perdido a estos por aquí, no sabrán que hay buses especiales para turistas? Así que todavía hemos ido divirtiéndonos al ver el careto que van poniendo cuando pasa algo y la cara de tontos que se les queda cada vez que miran el reloj y ven que ya ha pasado otra hora más y la cosa no termina.
 
Me las prometía felices... Media hora después en el espacio de mis piernas habría una famlia entera... (©Elena Castillo)
Y mientras tanto, en cada parada, cuando baja gente y piensas que ahora el bus se liberará un poco y que por fin vas a poder estirar un poco las piernas, ¡pos a ver que no! ¡Ja! ¡Iluso! ¿Qué te creías? Si, si, bajar, baja gente pero siempre acaba subiendo más de la que se ha bajado. Y cada vez el limite se va superando, y cuando ya piensas “No, ya no, seguro, seguro que no, ahora sí que ya es imposible, aquí fijo que ya no cabe nadie más” ¡pues no! ¡Agua otra vez! Siempre cabe alguno más. Es en este momento cuando aparece la figura del cobrador, un elemento, o elementos, cuyos cometidos son varios. Por ejemplo, asegurar el cierre de la puerta del autobús (importante para tratar de evitar que entre polvo, aunque no siempre esto es posible); también gritar como un poseso desgañitándose desde la misma puerta del autobús el destino del mismo, para que la gente que hay por la calle sepa cuál ha de coger; efectivamente, también cobrar, para lo cual se desenvuelve como una anguila por entre la gente, bus arriba, bus abajo, esquivando, saltando, sorteando obstáculos; ¿qué más? ¡Ah, si!, también ata y asegura los bultos en el techo. Para ello se encarama cual lagarto por las ventanas del autobús y en un santiamén se planta en el techo, bien para subir nuevos bultos, bien para bajar los de la gente que ya llega a su destino, o bien para ayudar a subir a algún local que no tiene sitio ya ahí abajo. Porque sí, es verdad, no sólo sale en las fotos o en la tele, es cierto: ¡muchos viajan en el techo!, incluso cuando abajo “hay sitio” (bueno, siempre lo hay…), ya que dicen que ahí arriba, van más cómodos y respiran aire fresco. Y lo más importante y lo que más trabajo le lleva al cobrador es mover, mover y no parar de mover: cajas, bultos, maletas, bolsas de todo tipo y personas. Todo de un lado a otro del bus, da igual que luego haya que volver a moverlo otra vez, pero hay que cumplir el objetivo, que no es otro que encontrar ese hueco donde poner a esa joven madre con su niño y dos o tres bolsas de naranjas, arroz y alguna gallina. Un hueco más es un sitio, ese sitio es un billete. Y un billete es más dinero. 

Hay que comprar provisiones... (©Elena Castillo)
Mercadillo (©Elena Castillo)
Cobrador y conductor van intercambiándose los papeles a lo largo de las horas que dura el viaje. Supongo que como cuando de pequeños jugando al futbol, intercambiábamos las posiciones de portero y jugador. Lo que pasaba entonces es que nadie nos queríamos poner de portero y hacíamos turnos cada vez que nos metían un gol. Al final nos dejábamos marcar a propósito para salir rápidamente de la portería y ponernos a jugar. No tengo muy claro si en este caso, entre cobrador y conductor se da esta misma situación; uno lleva las riendas del volante y del vehículo, a algunos les gusta sentirse al mando de la nave; el otro lleva al mando del poderoso caballero, don dinero. No sé que artimañas podrán utilizar unos y otros para intercambiar los papeles a lo largo del viaje...

Finalmente tras más de 10 horas llegamos a Besisahar, nuestro destino. En ese momento apenas nos quedaban fuerzas para bajar las mochilas y quedarnos allí en el suelo sentados medio tirados, saliendo encorvados del autobús doliéndonos hasta las pestañas. Aun teníamos que ponernos a buscar alojamiento con la mochila a la espalda, así que pensábamos que al día siguiente teníamos que comenzar nuestra aventura, tantas veces soñada, en nuestro lamentable estado, y que esto que habíamos vivido el primer día estaba muy lejos de ser lo esperado. Al final, no habíamos tenido en cuenta que el viaje hasta el inicio del camino, era ya una etapa en sí misma y que quizá debíamos haber programado nuestro primer día de descanso para el día siguiente, ¡sin incluso aun haber empezado!

Texto: ©Iñaki Barettini
Fotos: ©Iñaki Barettini (inakibarettini@hotmail.com) y ©Elena Castillo (elenafcp@hotmail.com)

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